miércoles, 8 de julio de 2015

FORMACIONES POLÍTICAS Y RELIGIOSAS DENTRO DEL ESTADO.

El Estado que surge en los albores del mundo moderno, después del siglo XVIII, estuvo acompañado por un extraordinario desarrollo de la economía y de la productividad del trabajo. Con toda razón, a esto se llama Revolución Industrial. Fueron expresiones de un mismo período el aparecimiento de un poder territorializado, un Estado extenso y poderoso, con una burocracia administrándolo, junto al surgimiento de una economía mercantil capaz de alimentar la demanda del también notable crecimiento demográfico. El desarrollo del capitalismo puede ser explicado, en parte, como resultado de los cambios en la agricultura y el empleo de tierras húmedas que aumentaron el rendimiento económico. También puede explicarse, en parte, por la aplicación de los conocimientos científicos desde y en el medio urbano. La máquina de vapor, por ejemplo, que revolucionó los recursos de la fuerza física, produjo enormes excedentes de bienes alimenticios y mercancías industriales (textiles, primero) y multiplicó la velocidad y el volumen del transporte por tierra (ferrocarriles) y por mar (buques de vapor). Sin la concentración unificada del poder no se habría posibilitado el mercado interior y éste no habría sido el sustento de la nación. El funcionamiento del Estado nacional, como proceso, necesita ser completado con la existencia de una comunidad de relaciones de producción y distribución económicas, basadas en el reconocimiento de la propiedad privada.
La nación precede al Estado cuando existen grupos humanos que poseen rasgos comunes como el idioma, la religión, la etnia y una tradición compartida. Cuando los grupos se organizan políticamente, surge el Estado, para darle sustento, continuidad y territorio a esa comunidad informal. Pero, por lo general, es el Estado el que crea la nación porque dispone de recursos políticos para unificar, en un territorio bien definido, a un conjunto humano, aún no homogéneo, al que básicamente dota de un idioma común y un futuro compartido. Es esta una simplificación  modélica de procesos históricos extraordinariamente complejos, múltiples.
 La formación del Estado nacional constituye un proceso largo, en el que se busca reforzar los rasgos homogéneos, como las identidades lingüística, religiosa, étnica y otras, lo que no siempre se logra. Lo decisivo ha sido la unificación y concentración del poder estatal en manos de una élite homogénea, con fronteras territoriales definidas.
En el surgimiento de muchos Estados —no necesariamente en el Estado moderno— fueron importantes las guerras o violentos conflictos que movilizaban fuerzas militares locales frente a vecinos diversos. Las guerras constituyeron vigorosos impulsos de expansión territorial para imponer la legalidad propia y explotar la mano de obra y, o las riquezas fronterizas. En cuanto a ello, conviene indicar que el Estado se define por los rasgos básicos internos forjados, en parte, por el enfrentamiento con otros Estados. En la vida económica y social de la sociedad moderna fue apareciendo con gran fuerza la figura del habitante de las ciudades que, como consecuencia de múltiples situaciones, era productor, consumidor, propietario, asalariado, burócrata, profesional, delincuente, intelectual y otras muy variadas formas de existencia. Los grupos dominantes reconocieron su propio crecimiento en cantidad y recursos y, por su número, se convirtieron en una fuerza política.

Un elemento clave para la construcción de la soberanía del Estado moderno fue, en muchos países, su separación de la Iglesia y de las organizaciones religiosas. En su búsqueda de mayor concentración de poder, el Estado enfrentó a la Iglesia que no sólo tenía un inmenso poder espiritual, sino también político y económico. Las ideas seculares de la Ilustración desplazaron las interpretaciones geocéntricas del mundo propias del cristianismo. En el proceso de constitución estatal, este dilema se manifestó de diversa manera según las corrientes religiosas (católica y protestante). Los Estados católicos tuvieron que pelear con una institución supranacional, el poder del Vaticano, que tenía fuertes atributos de soberanía.

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